Custodia Compartida

Normalmente, cuando la pareja que se divorcia tiene hijos menores de 5 años, se suele decir que los menores “lo llevan bastante bien”, puesto que se tiende a pensar que los pequeños se adaptan mejor a las situaciones de cambio. En un primer momento esto puede ser cierto, pero a medida que se avanza en el tiempo los hijos se ven afectados por los cambios drásticos y lo expresan de formas muy dispares a la de los adultos.

Cuando los progenitores empiezan a ser conscientes de los cambios de actitud que están adoptando sus hijos, deben tener en cuenta que lo más importante es saber tratar con ellos las emociones para acompañarles en el proceso de adaptación. No es lo mismo la forma de digerir el cambio en todas las edades, pero sí hay dos consejos que pueden aplicarse a cualquier hijo en un divorcio:

  1. Los menores deben notar el mínimo de cambios posibles en su día a día. A ser posible, que sigan estudiando en el mismo centro, con sus amistades, actividades extraescolares, etc.
  2. En ningún caso los menores pueden utilizarse como objeto de presión para el otro progenitor, ni mucho menos hacerles partícipes de las discusiones que puedan surgir durante todo el proceso.

Es muy importante que pese a la mala relación que pueda haber entre los progenitores por sus desavenencias como pareja, el menor siempre tenga la percepción de que sus padres siguen siéndolo, como si fueran un equipo. Por ello, debe atenderse siempre a las situaciones en las que se ve inmerso el menor, teniendo cuidado de no someterle a grandes presiones.

Paralelamente a estas pautas, hay que ser conscientes de que los hijos sufren las consecuencias del divorcio de forma directa, y asimilan las nuevas situaciones de distintas formas, según la etapa de crecimiento en la que se encuentren:

Antes de los dos años:

En esta etapa los menores no pueden llegar a comprender en qué consiste un divorcio, ni lo que implica, pero sí son capaces de percibir los cambios y notarán la ausencia de uno de sus progenitores.

Los síntomas más frecuentes a esta edad son los llantos con intensidad y sin aparentes motivos, un estado de irritabilidad e incluso posibles alteraciones en el sueño y en sus hábitos alimenticios.

Es una edad donde los menores entienden la ausencia de uno de sus progenitores como un abandono, y por ello es muy importante que no dejen de mantener un contacto constante con él. En consecuencia, lo que necesitan los hijos a esta edad es la compañía de sus padres de una forma equilibrada y ordenada, respetando en cualquier caso todas sus rutinas.

Entre los 2 y 3 años:

Durante esta etapa, los menores experimentan grandes cambios en su crecimiento personal: empiezan a perfeccionar sus andaduras, a comer de forma independiente, etc. Estos son procesos que, desarrollados en una situación de cambio muy importante para ellos, pueden verse alterados: alteraciones de sueño, retrasos en el habla o conductas regresivas. En estos casos, lo vital para el menor es no verse regañado por las dificultades que presenta, sino sentirse comprendido y ayudarle a que adquiera la autonomía que le corresponde por su edad.

Cuando los hijos tienen entre 2 y 3 años son completamente conscientes de sus emociones, aunque no son capaces de gestionarlas. Por ello, los progenitores deben encargarse de hacerlos sentir queridos, fomentar que expresen sus propias emociones y poder mantener un contacto fluido con ambos progenitores.

Por último, en este periodo de su vida es importante que sus progenitores pongan los mismos límites, para que el menor adquiera unas pautas educativas similares. Por ello, pese a que los hijos empiecen a marcar su propia independencia con sus “no”, los padres deberán ser constantes en la educación que les impartan.

Entre los 3 y 5 años:

A esta edad, los menores empiezan a hacerse preguntas y desarrollan su imaginación y creatividad. Además, se vuelven egocéntricos, pensando que todo lo que pasa a su alrededor ha sido por su culpa. Por ello, es muy importante que los progenitores le expliquen muy bien la nueva situación que va a desarrollarse, dejándoles muy claro que no son los causantes del divorcio.

También es una etapa donde los hijos sufren muchos miedos, sobretodo relacionados con la falta de amor y soledad que puede suponer la separación de sus padres. Por eso es importante que los progenitores se encarguen de explicarle qué es el divorcio y por qué se ha producido, para que no pueda interpretar de forma errónea la nueva situación.

Lo más recomendable a esta edad es explicarle a los menores que sus padres no le van a abandonar en ningún caso, y ser capaces de mantener todos su hábitos y rutinas para que sientan que, pese a la nueva situación, siguen viviendo en un clima de seguridad y continuidad.

En conclusión, lo que debe tenerse en cuenta es que los menores son también quienes sufren un divorcio, y por las dificultades que presentan para expresar sus emociones ha de tenerse siempre en cuenta cómo les van a afectar las decisiones que se tomen durante el proceso.

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